sábado, 8 de febrero de 2014

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Julia tomó el café que Niní le había dejado preparado sobre la mesada de la cocina. Con una mano agarraba la tasa mientras que con la otra se masajeaba el cuello, como pidiéndole a gritos a sus músculos que se relajen porque todo lo peor había pasado. En realidad, todo lo peor y todo lo mejor había pasado: había pasado todo. Ese todo que te atraviesa como el tiempo y te deja suspendido pensando en qué se pudo hacer mejor, en qué fallé como hija, en qué falló ella como madre. ¿Era acaso el momento indicado de evaluar estos roles cuando mamá contaba la ventaja de estar muerta? Se fue y me quedé con la mirada congelada a ese punto ciego que es la incertidumbre, a esa duda envolvente que me lleva y me trae día a día, cuestionándome, aplastándome, inundándolo todo. Mamá había muerto, y eso significaba que ya no iba a volver. No iba a volver ella, ni sus preguntas inquisidoras, ni su particular manera de cagarme la vida. Haber muerto era lo mejor que le podría haber pasado. O mejor dicho, que mamá haya muerto es lo mejor que me pasó a mí.
Julia miró el reloj de su muñeca, frunció los labios y agarró el teléfono. Marcó el número de celular de Elvira. Dejó sonar el repique del teléfono una, dos, tres veces. Elvira atendió.
-¿Está todo listo, no?
-Si Julia, solo faltas vos. Llegó tía Aída llorando como una condenada y no puedo hacer que pare de llorar. Te necesito hermana –ahí estaba de nuevo Elvira, la reina del drama, no pudiendo hacerse cargo de todo. Y si lo hizo fue porque no le quedaba otra, pero eso era cuando mamá vivía y yo decidí que no podía estar más a cargo de una mujer como ella, que en sus seniles últimos meses de vida se encargó de arruinarme cada minuto de lo que queda mi existencia con sus acusaciones. Maldita mujer, por qué dijiste eso sabiendo que yo estaba dejando incluso lo que no tenía para verte feliz, sacando fuerzas de quién mierda sabe donde para ser tu compañera de batalla. ¿Y todo para qué? Para que tu dedo índice me señale: “Fuiste vos, fuiste vos”. Maldita mentirosa, ambas sabemos que no fui yo. O a lo mejor sí, para vos siempre fui yo y aprovechaste hasta tu última bocanada de aire para hacerme la persona más infeliz del mundo.
-El señor Carlos llegó a recoger los niños, señorita Julia –Niní interrumpió las olas de pensamiento que revolvían una y otra vez el dolor, la angustia y la traición en el corazón de Julia. Niní interrumpió otro de los aludes emocionales que iban arrastrando a Julia a uno de esos revuelos negros imposibles de escapar.
Una vez que Carlos busque a los chicos, Julia debería presentarse a la funeraria donde estaban velando a su mamá. Voy a llegar tarde, pensó, y todos me van a mirar con esos ojos de "hasta el funeral de su madre, esta infeliz llega tarde". Llegó la hora de revelar esa cara de poker que había estado ensayando por meses. 

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