martes, 4 de febrero de 2014

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Eran alrededor de las 5 de la mañana cuando Elvira me llamó para decirme que mamá había muerto. 
-¿Julia? ¿Te desperté? -preguntó susurrando. "Obvio que me despertaste, sino no hubiera atendido el teléfono". 
-¿Qué pasa Elvira?
-Mamá acaba de morir -me anotició con la voz entrecortada.
"Por fin" pensé. Cerré los ojos, tomé una bocanada de aire y aún media dormida le contesté:
-En quince minutos estaré por allí.
Colgué. Me senté en la orilla de la cama y me acomodé el desaville con el que me había quedado dormida leyendo. El libro estaba en el suelo. Agarré mi cabeza con ambas manos, con las palmas sosteniendo la frente y volví a cerrar los ojos. Al hacerlo, repetí esa conducta inútil que hacemos siempre cuando nos estamos despabilando, como queriéndonos convencer que en ese momento de oscuridad total, en esa milésima de segundos, podemos seguir soñando despiertos. "Mamá acaba de morir". Elvira siempre fue tan fatalista para anunciar noticias, hubiese sido una pésima periodista. Como cuando nuestro vecino de toda la vida amaneció colgado en el patio de su casa: "Don Elías se mató". Ese fue su mensaje. Su mensaje de texto, por Dios. Cero tacto. 
Respiré hondo una vez más y en lugar de aire, empezaron a brotar lágrimas de mis ojos, y luego un sollozo incontrolable se despertó en mi pecho con la furia de la lava de un volcán en plena erupción. Me di cuenta que estaba llorando a gritos en el piso, abrazada a la almohada en posición fetal cuando Niní abrió la puerta del dormitorio, prendió la luz, y me vio tirada en piso. Luego me ayudó a reincorporarme, me sentó nuevamente en la cama y me acercó el vaso de agua sin probar que había dejado antes de acostarme sobre la mesa de luz. Tomé dos sorbos y no le di tiempo a Niní para que me consuele. Como un niño avergonzado de llorar, sequé mis ojos con las muñecas de mi mano y limpié mi nariz mocosa con el antebrazo. 
-Niní, por favor, despertá a los chicos. Vestilos. Ahora llamo a Carlos para que los venga a buscar -le ordené con una tranquilidad. Niní asistió y se dispuso a marchar cuando la llamé de nuevo, esta vez con una voz que se contradecía totalmente con el tono frío e imperativo que había utilizado hace instantes. Una voz dolida pero orgullosa, esa voz que sabe que la pregunta que va a formular tiene la respuesta que no quiere escuchar porque le va a doler:- ¿Niní?
Ella se dio vuelta y, sin evaluarme como hubiese esperado que lo haga, me miró esperando a que continúe formulando mi pregunta. Pero no lo hice.
-¿Si señorita Julia?
-¿Mamá me habrá perdonado antes de morir?
Niní se acercó a mí con los ojos húmedos y apoyó mi rostro contra su pecho, rodeó mi cabeza con sus brazos, consolándome. Luego, inclinándose hacía mí de nuevo, sujetó mi cara con sus dos manos gordas y besó mi frente. Esa fue toda su respuesta. 

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